Clara, que ama presentarse como la «plantita de san Francisco», quiere antes de todo meter en relevo que la Orden de las Hermanas pobres es una fundación del seráfico Padre: «es la forma de vida instituida por San Francisco». No piensa tener el derecho de escribir una nueva Regla, sino que coge la que San Francisco escribió para los frailes menores: «la regla y la vida de los frailes menores es ésta, o sea observar el santo Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, viviendo en obediencia, sin nada propio y en castidad», con las necesarias adaptaciones a la vida de una fraternidad femenina de clausura.
«Regla y vida» fue la denominación adoptada por san Francisco.Forma de vida se llamó el primer esbozo de normas dadas por el Santo a la fraternidad de San Damián y es el título guardado por Santa Clara para su Regla y reconocido por Inocencio IV en la bula de aprobación.

 

Para Francisco y Clara lo que vale es la vida. Y al servicio de la vida deben estar las prescripciones – un ideal que se descubre y se alcanza viviéndolo – para dirigirla y ayudarla en su crecimiento. Y es exactamente este estado de conversión permanente, en el que «lo dulce se transforma en amargo y lo amargo en dulce», que constituye el contenido de la vida en la penitencia.
Quien profesa la Regla de santa Clara debe sentirse, por lo tanto, obligada más que todos a confrontar sus criterios, sus sentimientos, sus acciones con la vida y las enseñanzas de Jesús.
La originalidad de Francisco y Clara está en el haber hecho del binomio pobreza-fraternidad el núcleo da la vida evangélica. Pobreza y fraternidad están en todos los escritos de la Santa como dos elementos inseparables de una misma vocación: la de «observar el santo Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo».

 

Vida evangélica quiere decir vida alimentada en el amor.
Por eso la comunidad franciscana es una fraternidad en la que las hermanas deben sentirse unidas entre ellas, como hermanas espirituales, por un amor superior al que tiene una madre para su propia hija, superando todo egoísmo.
Clara «amaba a las hermanas como a si misma», «anteponía el bien de las hermanas al propio y se juzgaba inferior a todas».
El programa evangélico es integrado por el conjunto de exigencias y de invitaciones que Jesús dirige a todos los que quieren seguirle de cerca y colaborar con Él en la construcción del Reino; y en la vida de consagración tiene como expresión concreta los tres que por antonomasia son llamados consejos evangélicos.

Una vida en la obediencia es una actitud constante de adhesión a la voluntad salvífica de Dios y de disponibilidad al servicio fraterno en el misterio de la obediencia redentora de Cristo.
Una vida en la castidad es la atención permanente a mantener el corazón libre e íntegro para la intimidad divina y para la donación a los hermanos.
Una vida en la pobreza nos lleva a identificarnos, en una alegre expropiación, con «la pobreza y la humildad de Nuestro Señor Jesucristo» y con la realidad de cada existencia que padece penuria o abandono.
Francisco y Clara cogen como norma la disposición pedida por Jesús, en el Evangelio, a quien desea seguirle con un compromiso total: el despego de todas las cosas terrenas y la inseguridad para el Reino; el grupo debía vivir el riesgo de la pobreza voluntaria bajo el amor providente del Padre del Cielo, confiando en la buena voluntad de los hombres.
Pero, esta renuncia externa no es otra cosa que el camino para llegar a la expropiación interior, que es la que libera para el amor.

Es una actitud de despego existencial y de «expropiación» interior, de comunicación fraterna de los bienes del alma y del cuerpo, poniéndolos al servicio del prójimo.
Francisco vivió íntimamente persuadido de la acción del Espíritu Santo en cada paso de su vida y, por esto, su única preocupación era la de abrirse con docilidad y prontitud a su «santa operación», atento a todos los signos de la voluntad de Dios en su existencia. Y tenía la misma fe en la presencia y en la acción del Espíritu en cada hermano que es posible cuando nos abrimos al Señor «rogándole siempre a Él con corazón puro».
«Sobretodo deben desear de tener el Espíritu del Señor y su santa operación».

 

 

Amarse «espiritualmente» es lo mismo que haber actuado la expropiación espiritual de si mismos, siguiendo a Jesús pobre y humilde, hasta volverse dóciles al Espíritu del Señor, en la sencillez y pureza de corazón.
La fraternidad formada por san Francisco dio, desde el principio, máxima importancia al valor de laoración comunitaria. Santa Clara no podía no seguir este ejemplo.

La Liturgia de las Horas, distribuida en los diversos momentos del día, corresponde a la actitud permanente de la Iglesia que ofrece el sacrificio de alabanza y de súplica a Dios, el Padre, en unión con Cristo su Esposo.
La oración de Clara era una oración de fe. Como la oración de Jesús, se centraba en los intereses del Padre: su gloria, su Reino, el designio de su voluntad y las necesidades de los hombres.
Por eso el don del silencio es precioso. Hay un silencio activo en el que el hombre se descubre a si mismo, penetra en el porqué de las cosas y de los eventos, se abre a la realidad de Dios que escruta las profundidades de nuestro ser y se manifiesta en la intimidad, con la puerta cerrada.